Hay algo que deja de influir en la consulta cuando quien te escucha no puede ver tu cara: cómo te ves y cómo actúas mientras hablas. Lo que queda es solo lo que dices, y eso, para muchos pacientes, cambia por completo la conversación.
Lo que no está en la consulta
No hay gesto que controlar: nadie ve tu cara mientras cuentas algo difícil, así que no hace falta cuidar la expresión. Tampoco hay ropa ni apariencia que hable antes que tú — la primera impresión no se arma con cómo llegaste vestido. Y cruzarte conmigo por casualidad en la calle no expone a nadie: la privacidad aquí es real, no solo una promesa.
Lo que gana la conversación cuando no hay imagen de por medio
28 años de experiencia clínica y una tesis premiada sobre dinámica familiar sostienen el método, y ver más allá de la apariencia es, simplemente, parte de cómo trabajo. No distraerme con lo externo deja más espacio para la emoción detrás del problema, que es, al final, lo que en terapia importa de verdad.
Yo tampoco veo la cara de la persona que tengo enfrente. Con los años aprendí a sacarle provecho a eso: al no depender del gesto, la sesión se sostiene en lo que la persona decide poner en palabras, y eso nos obliga a los dos a ser más directos. Es una particularidad práctica de cómo trabajo, tan cotidiana en mi consultorio que ya casi no la pienso.